Texto: SARA SÁEZ | Fotos: ROBERTO RANERO
"Al rico barquillo de canela para el nene y la nena; son coco y valen poco; son de menta y alimentan; de vainilla ¡qué maravilla! Y de limón, ¡qué ricos!, ¡qué ricos que son!". Esta cantinela ha acompañado a la familia Cañas desde hace cinco generaciones. Ellos son los últimos barquilleros de Madrid, los únicos que se dedican a fabricar de manera artesanal y a vender esa crujiente golosina elaborada con ingredientes sencillos y naturales.
Jaime prepara los barquillos que irán a la pradera de San Isidro
Junto a San Cayetano, San Lorenzo y La Paloma, las tradicionales verbenas que llenan de color el caluroso agosto madrileño, San Isidro es uno de los días más fuertes para ellos. Armados con su parpusa (la gorra oficial del traje de chulapo) y con sus viejas barquilleras (que llevan en su parte superior un juego de ruleta en el que ya nadie apuesta) llevarán sus productos a la Pradera de San Isidro, uno de los enclaves donde la fiesta se vive con mayor intensidad.
En el pequeño y encantador obrador del barrio de Lavapiés trabajan a destajo. "Hoy nos darán hasta las tantas", comenta Julián Cañas que, junto a su hijo, Julián junior son los motores de un negocio que, con mucho esfuerzo y mucha lucha consiguen sacar adelante. Tanto que, en estas semanas ha venido su hermano Jaime –pastelero de profesión– para echarles una mano.
Todo aquí es muy chulapo.



